27 de mayo de 2009

Inundación

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“... Chiquilín, dame un ramo de vos,
así salgo a vender mis vergüenzas en flor...”
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La experiencia de la inundación, mejor dicho, la experiencia de encuentro con las personas que fueron directamente afectadas por ella, estuvo atravesado por una serie de sentimientos, todos diversos y a veces opuestos: la angustia por la impotencia fue acompañada por la satisfacción de escuchar a algunos sus propias penas y sentir que ese poco de atención y gesto tan simple aliviaba el dolor y quizá daba alguna chispa de esperanza y de dignidad. El rechazo por la situación y el miedo a que “algo” ocurra en el centro de evacuados, estuvo muy de cerca acompañado por el sentir una paternidad por los afectados más directamente, sintiendo como propio el dolor de los “hijos”, y por eso orar mucho por ellos, y velar por las noches su amargo sueño, desando despertar y que todo haya sido una horrible pesadilla. Otro contraste era saber que con gran parte de ellos había diferencias enormes, pero al mismo tiempo saberse hermanos, al menos en el dolor que a todos nos atraviesa en algún momento... sin enunciar, si quiera, el profundo sentimiento de ser todos hijos del mismo Padre.

César Vallejo, poeta peruano, expresa con rudeza la experiencia del dolor con su poema:
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Los Heraldos negros.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios;
como si ante ellos,la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!
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Son pocos; pero son…
Abren zanjas oscurasen el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema
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Y el hombre… Pobre… pobre!
Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
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Ellos (también nosotros), los directamente afectados se vieron enredados no solamente en el sentimiento de pérdida de sus cosas materiales, era como un golpe más a su dignidad, a su autoestima y a su “poquito de orgullo, porque es justo que lo tenga”[2]. Esta situación y experiencia crítica puso sobre el tapete de la vida un fuerte sentimiento de desprotección, de fragilidad del ser humano[3]; las personas volvieron sus ojos sobre sus historias, “como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada” y toda ella, la historia, se vino encima. Fue un tiempo en que pareciera que todo el dolor vivido a lo largo de la propia existencia se “empozara en el alma”, el peso de la vida se hizo sentir.

Volvieron a emerger experiencias de rechazo y marginación, de abandono e injusticia por vivir como se vive, la sensación de la vida es una mierda; mucho resentimiento y mucha pobreza afloraron como una gris flor de otoño. No fue el sólo hecho de la inundación, fue toda una vida, muchas historias concretas, que reflotaron o se pusieron frente a nuestras narices, de ellos y las nuestras, nos mostró lo que vivimos, algo que “ya estaba antes” y que necesitó de esta furia de la naturaleza, y furia de cierta negligencia, para darnos cuenta de cómo estábamos viviendo, de cómo queremos vivir...

Fue una crisis existencial, la de ellos y la nuestra, que nos dejó en “carne viva” frente a nuestra profunda y frágil verdad, que sacó a flote lo mejor... y lo peor de cada uno, y todo ello puesto en común, una especie de “amasijo de carne con madera”. Pura materia prima para que se pueda construir con ella lo mejor posible, una vida más cálida y mejor.

Muchos y muchas, ciertamente lo han aprovechado, han sacado vida de tanta muerte, han podido ver la mano providente que se les tendió, han reconocido la gran cantidad de hermanos que tenían cerca o lejos, no fue una excepción escuchar: “yo ni me trataba con mis vecinos y ahora...”, multitudes reconocieron que eran capaces de ser buenos, de dar amor, de acercarse a esos aparentemente tan diferentes a uno. Pero otros, ni cuenta se dieron de lo que pasó, se quedaron temerosos viviendo “sus vidas”. No hay que juzgar, ya tocará “otra inundación” que los ponga frente al desafío de enfrentar la vida y darse cuenta que la vida es para gastarla en bien de los demás y vivirla junto a los hermanos y hermanas que tenemos y que muchas veces no sabemos.

Ellos y nosotros..., es decir, nosotros, todos los que de alguna manera vivimos más o menos verdaderamente este momento de gracia, a la corta o a la larga, lo agradeceremos profundamente y podremos hacer como el aromo que:

“... Como no tiene reparo
todos los vientos le pegan.
Las heladas lo castigan,
l’agua pasa y no se queda.

Ansina vive el aromo
sin que ninguno lo sepa.
Con su poquito de orgullo
porque es justo que lo tenga.

Pero con l’alma tan linda
que no le brota una queja.
Que no teniendo alegrías
se hace flores de sus penas.

¡eso habrían de envidiarle
los otros si lo supieran!”[4]
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[1] Ferrer, Horacio. Chiquilín de Bachín, tango.
[2] Yupanqui, Atahualpa – Risso, Romildo. El aromo. 1977.
[3] En parte podría esto haber hecho que muchos se abrieran nuevamente a la fe, aunque muchos no han logrado salir aún del enojo con una especie de dios castigador que “por algo hace las cosas”.
[4] Ver nota 2.
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26 de marzo de 2009

Tormenta, de Enrique Santos


¡Aullando entre relámpagos,
perdido en la tormenta
de mi noche interminable,
¡Dios! busco tu nombre...
No quiero que tu rayo
me enceguezca entre el horror,
porque preciso luz para seguir...
¿Lo que aprendí de tu mano no sirve para vivir?
Yo siento que mi fe se tambalea,
que la gente mala,
vive ¡Dios! mejor que yo...
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Si la vida es el infierno
y el honrao vive entre lágrimas,
¿cuál es el bien...
del que lucha en nombre tuyo,
limpio, puro?... ¿para qué?...
Si hoy la infamia da el sendero
y el amor mata en tu nombre,
¡Dios!, lo que has besao...
El seguirte es dar ventaja
y el amarte sucumbir al mal.
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No quiero abandonarte, yo,
demuestra una vez sola que
el traidor no vive impune,
¡Dios! para besarte...
Enséñame una flor que haya nacido
del esfuerzo de seguirte, ¡Dios!
Para no odiar: al mundo que me desprecia,
porque no aprendo a robar...
Y entonces de rodillas,
hecho sangre en los guijarros
moriré con vos, ¡feliz, Señor!
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Vemos una amarga queja del abandono de Dios. Esto puede aplicarse a cualquier hijo de Dios que se considere desamparado de Dios, sin auxilio y sin respuesta, pero clamando, una y otra vez: «¡Dios busco tu Nombre!», con el deseo ferviente de que Dios vuelva a mostrarle su rostro. Para una persona verdaderamente piadosa, no hay aflicción tan severa como el sentimiento de este desamparo espiritual. Gritar: «Dios mío, ¿por qué estoy enfermo? ¿Por qué estoy pobre?» daría motivo para sospechar descontento y hasta mundanidad, pero ese «¿lo que aprendí de tu mano, no sirve para vivir?» es el lenguaje de un corazón que sólo halla su dicha en la comunión con Dios. Cuando se nos debilita la fe de la seguridad, hemos de vivir por la fe de la adhesión.
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Se queja a continuación del desprecio que recibe de los hombres, el mundo infame en el que vive, el hombre que mata al hombre que Dios mismo ha besado. Esta queja no es tan amarga como la que pronunció sobre el desamparo de Dios, pero no deja de afectar profundamente a toda alma de buena voluntad.
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Pero finalmente el poeta cobra ánimo de las experiencias que los antiguos habían tenido del provecho obtenido mediante la fe y la oración y pareciese que canta el salmo que Cristo cantó en la cruz (22):
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[4] ¡Mas tú eres el Santo,
que moras en las laudes de Israel!
[5] En ti esperaron nuestros padres,
esperaron y tú los liberaste;
[6] a ti clamaron, y salieron salvos,
en ti esperaron, y nunca quedaron confundidos.
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En definitiva, "¡moriré con vos, feliz, Señor!"
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