¡Aullando entre relámpagos,
perdido en la tormenta
de mi noche interminable,
¡Dios! busco tu nombre...
No quiero que tu rayo
me enceguezca entre el horror,
porque preciso luz para seguir...
¿Lo que aprendí de tu mano no sirve para vivir?
Yo siento que mi fe se tambalea,
que la gente mala,
vive ¡Dios! mejor que yo...
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Si la vida es el infierno
y el honrao vive entre lágrimas,
¿cuál es el bien...
del que lucha en nombre tuyo,
limpio, puro?... ¿para qué?...
Si hoy la infamia da el sendero
y el amor mata en tu nombre,
¡Dios!, lo que has besao...
El seguirte es dar ventaja
y el amarte sucumbir al mal.
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No quiero abandonarte, yo,
No quiero abandonarte, yo,
demuestra una vez sola que
el traidor no vive impune,
¡Dios! para besarte...
Enséñame una flor que haya nacido
del esfuerzo de seguirte, ¡Dios!
Para no odiar: al mundo que me desprecia,
porque no aprendo a robar...
Y entonces de rodillas,
hecho sangre en los guijarros
moriré con vos, ¡feliz, Señor!
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Vemos una amarga queja del abandono de Dios. Esto puede aplicarse a cualquier hijo de Dios que se considere desamparado de Dios, sin auxilio y sin respuesta, pero clamando, una y otra vez: «¡Dios busco tu Nombre!», con el deseo ferviente de que Dios vuelva a mostrarle su rostro. Para una persona verdaderamente piadosa, no hay aflicción tan severa como el sentimiento de este desamparo espiritual. Gritar: «Dios mío, ¿por qué estoy enfermo? ¿Por qué estoy pobre?» daría motivo para sospechar descontento y hasta mundanidad, pero ese «¿lo que aprendí de tu mano, no sirve para vivir?» es el lenguaje de un corazón que sólo halla su dicha en la comunión con Dios. Cuando se nos debilita la fe de la seguridad, hemos de vivir por la fe de la adhesión.
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Se queja a continuación del desprecio que recibe de los hombres, el mundo infame en el que vive, el hombre que mata al hombre que Dios mismo ha besado. Esta queja no es tan amarga como la que pronunció sobre el desamparo de Dios, pero no deja de afectar profundamente a toda alma de buena voluntad.
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Pero finalmente el poeta cobra ánimo de las experiencias que los antiguos habían tenido del provecho obtenido mediante la fe y la oración y pareciese que canta el salmo que Cristo cantó en la cruz (22):
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[4] ¡Mas tú eres el Santo,
que moras en las laudes de Israel!
[5] En ti esperaron nuestros padres,
esperaron y tú los liberaste;
[6] a ti clamaron, y salieron salvos,
en ti esperaron, y nunca quedaron confundidos.
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En definitiva, "¡moriré con vos, feliz, Señor!"
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